domingo, 21 de junio de 2009
Empezó el invierno
Tengo muy poca resistencia al frío, a la lluvia y a todo lo que trae esta odiosa temporada.
Pero lo peor es que llegó el invierno a mi corazón, porque perdí al hombre que más he amado en mi vida. Lo herí, le dije cosas horribles y luego me arrepentí cuando ya era tarde.
Sé que él no va a leer esto y me alivio de alguna manera.
El invierno llegó y con él se congelan mis sueños, mis alegrías, mi futuro juntos y todo lo que alguna vez sentí.
El invierno no es la estación que más me gusta.
lunes, 25 de mayo de 2009
no es que ame dormir tanto, pero a veces es mejor estrujar al máximo el sueño.
ahora escribo esto porque no tengo ganas de escribir lo que me corresponde.
ya estoy cansada, y me quedan más de 12 horas para volver a dormir.
domingo, 24 de mayo de 2009
jueves, 21 de mayo de 2009
Jueves con lluvia
Y no es que ande con el vestido de novia en la cartera, no.
Pero pareciera que las cosas inciertas cuesta menos planearlas...
martes, 19 de febrero de 2008
¡Aún existe!
Resulta que cada vez que vamos me cuenta una historia nueva de algo que le sucedió en algún lugar de Talcahuano, porque vivió ahí prácticamente toda su niñez y adolescencia. Se acuerda perfecto de los lugares a los que iba a jugar, de quién vivía en tal o cual casa, de los negocios y de qué había "ahí" antes de ser "eso". Es común que, con mucha emoción, deja su vista fija por algunos segundos en alguna plaza o vereda como si pudiera revivir los momentos que pasó en ese lugar.
Hoy íbamos caminando (quizás a propósito mi mamá me llevó por ese camino) y de repente me dijo "esta es la casa que siempre te he contado que tenía una gran escalera por la que mi prima bajaba con un gran vestido corriendo y yo quería hacer lo mismo, pero era chiquitita. Y donde vivía con todos mis tíos".
Pues esa casa, actualmente es un preuniversitario, que para suerte de mi mamá, estaba abierto al público.
Sin pensarlo dos veces, mi progenitora me invitó a pasar para conocer la tantas veces mencionada casa. Sentí que apretó mi mano que le tiritaba un poco y pensé con temor que quizás se pondría a llorar o algo así.
Hasta ese entonces me parecía un tanto exagerada su reacción, pero cuando empezamos a subir la "gran escalera" me imaginé a mi pequeña madre habitando esa enorme casa antigua, donde había vivido por mucho tiempo, y me empecé a emocionar yo misma.
Recorrimos los pasillos y nadie nos detuvo, porque sólo había una mujer en una oficina (que antes fue una pieza), inscribiendo a los alumnos. Me di cuenta cómo los ojos de mi mamá se llenaban de lágrimas, recordando sus rincones favoritos, las habitaciones de sus fallecidos padres y tíos, los baños, el living. Tantos recuerdos…
La casa es hermosa, aún conserva muchas cosas de hace años, según mi mamá. Yo, por mi parte, envidié que tuviera un lugar para recordar su infancia, porque yo sólo recuerdo las dos casas donde pasé mi infancia, pero que están en Punta Arenas y no sé si algún día pueda volver a verlas o entrar a revivir los lugares dónde dormí, jugué, corrí. Pero creo que eso mismo pensó mi mamá cuando nos fuimos de acá a la ciudad más austral del mundo. Nunca pensó que volvería a entrar a esa casa con las escaleras “tan grandes” que hoy le parecieron más pequeñas de lo que ella recordaba.
Ojalá algún día yo pueda volver a visitar Punta Arenas y las casa donde viví.
Y qué feliz me siento de que mi mamá haya vuelto a su casa y se haya acordado de cosas que, quizás cuesta menos recordar cuando vuelves al lugar donde pasaste parte importante de tu vida.
jueves, 14 de febrero de 2008
Falsiamigos
Primero nos llaman, nos invitan a salir, nos tratan como reinas y siempre están en esos momentos en que más los necesitamos.
Segundo, de vez en cuando te hacen saber que eres la mujer casi perfecta para ellos, nos piropean, nos llenan de rollos... nos insinúan que si nosotras "accedemos" ellos no se harían ningún problema.
Y tercero, a quién quieren engañar?
Es obvio, que esa calaña de hombres están esperando su momento para lanzarse con todo. Y no hablo del general de los machos, porque también existen los sinceros y honestos, leales y con las cosas claras, que nunca se pasan rollos con una. Yo hablo de esos que son falsos amigos, esperando la oportunidad; malditos oportunistas.
Bueno y así, aunque sean amigos de hace chorromil años, de repente un día ya no nos llaman, no nos visitan, no nos escriben... y nosotras empezamos a preguntarnos ¿qué onda? se enojaría por algo? tendrá otra mejor amiga?
NOOOOOO
Tiene polola... Y claro, como "esos hombres" son del nivel más básico, cero mente abierta, cero lealtad, treméndamente macabeos, estúpidamente mamones y lo peor, MENTIROSOS, se olvidan de un día para otro de nosotras, total AHORA TIENEN POLOLA.
Y dónde quedó la amistad?
Los momentos juntos?
Los secretos compartidos?
Y todo lo que se hace con un amigo de la vida?
Apestan.
Nuertra venganza? No existe. Porque sabemos que cuando terminen con sus pololas van a volver donde nosotras a pedirnos apoyo y un hombro para llorar... Y realmente tendríamos que ser muy duras para no ablandarnos ante ellos.
Pero que les quede claro: ellos sólo buscan "amar".
Smash Mouth - Why can't we be friends?
viernes, 2 de noviembre de 2007
Parece
Parece que la gente que me observa por las calles entendieran que es perder.
Parece que perder se esta haciendo una costumbre en mi vida y yo no hago nada.
Parece que aunque me cueste aceptarlo tengo una vida por vivir y no se como hacerlo.
Parece que no entiendo como llegue a ser lo que soy y no quiero aceptar que soy algo.
Parece que cada vez que estoy por comenzar mi camino me encuentro al final.
Parece que de tanto pensar en todo me pierdo en el esfuerzo de ser yo misma.
Parece que mi corazón quiere palpitar mas rápido de lo que soy capaz de pensar.
Parece que si nada tiene sentido en mi yo no puedo permitir que me escuches.
Parece que la nube que en este momento me cubre no alcanza a agarrarse del viento.
Parece que toda emoción que se encuentra oculta en mi se congelo de repente.
Parece que soy yo.
sábado, 13 de octubre de 2007
Decisión Madura
Mientras ellas planeaban todo, permanecía sentada como indio en la colchoneta de ese lugar sucio y maloliente. Probaba cada cosa que estaba a mi alrededor, sin conciencia. Así me gustaba. Lo disfrutaba más, sola.
Sabía que ellas esperaban que yo participara de sus absurdas ideas, pero no podía pensar. No quería seguirlas, era ridículo y poco excitante.
Sus ocurrencias ya me molestaban. Todos los días consumíamos lo mismo, en iguales cantidades, me sentía mal, después, y siempre terminaba vomitando.
Entonces, asumí que lo mejor sería alzar la voz de una vez por todas e ir en busca de nuevas sensaciones.
—Ya me aburrí de comer helado con “guagüitas”. El próximo juego lo elijo yo, porque no me gustan más las barbies.
Puerta 4
Una voz por el altoparlante informa que el vuelo aterrizó. Luego en inglés.
Yo tiemblo.
Camino hacia la puerta por donde salen los pasajeros y, rápidamente, me devuelvo. Observo para todos lados, impidiendo que la gente se me acerque. Evito cualquier contacto visual.
Los pasajeros comienzan a llegar a la sala de desembarco y yo aguanto mi nerviosismo.
Por fin lo diviso. Un poco más gordo. Más bronceado.
— Es él. Susurro.
Me inserto entre la gente que busca a sus familiares; novios, amantes, la visita deseada, la nunca esperada. Como sea, empujo y llego. Me planto delante de él con decisión y ocultando mi entusiasmo. Lo miro y le digo exageradamente fuerte:
— ¿Taxi, señor?
Este libro lo escribí para el libro "Pequeños cuentos de grandes amigos" del escritor penquista, Tito Matamala, que se publicó en septiembre de 2007.
lunes, 30 de julio de 2007
Sean Lennon - Friendly Fire
lunes, 9 de julio de 2007
Un día para mí
Después de él no he escrito nada más. Creo que ya es tiempo.
Creo que mis días en la revista están contados.
No es usual que me levante temprano. Nunca he cumplido con los horarios que me imponen.
Jamás llego a más de cinco meses en un empleo.
Y es que un trivial reportaje que me encomendaron sobre los colores que nunca pasan de moda, no ha logrado emerger de mi cansada y desorientada cabeza.
En las últimas semanas el momento bajo la ducha es esencialmente perdido. No puedo relajarme. Ni siquiera logro tomar la esponja con jabón.
Mi baño es una cabina donde se detiene el tiempo y, al salir, todo sigue igual: el mundo avanzó, pero yo estoy estancada.
El momento del desayuno, que para muchos es un rito sagrado, para mí no significa más que quince minutos sentada frente a la mesa de la cocina con un tazón púrpura de café cargado, que luego me incomodará en el estómago.
Por fin me decido a salir; tengo que comer.
Las repisas de mi despensa están llenas de diversas variedades de polvo y tierra acumulada por los meses sin uso. Además, debo aprovechar el último sueldo que voy a recibir, porque de seguro cuando vuelva a mi oficina, la editora me invitará, cordialmente, a abandonar mi puesto para siempre.
Camino lento, sin ningún ánimo. Me fijo en cosas estúpidas como, por ejemplo, que los hombres ya no me miran como antes, que ahora soy poco atractiva y que, de seguro, la gente nota qué estoy mal.
A ratos me convenzo a mí misma de que ya no puedo seguir así, viviendo sin motivaciones ni logros que me hagan sentir orgullosa. Pero luego, me doy cuenta de que es más fácil vivir perdiendo.
No me complica tener excusas para todo, asumir desinteresadamente que ha sido culpa mía y que, como sea, siempre voy a salir adelante.
Luego me siento frustrada por tener todos esos pensamientos tan profundos que nunca me llevan a ninguna parte. Me detengo, observo el supermercado con aversión. Entro.
Comienzo a caminar entre los coloridos pasillos, llenos de gente, que no son familiares para mí. La comida rápida y los restaurantes me han provocado miedo de un lugar tan común y habitual para la mayoría de los mortales.
Me demoro mucho en encontrar los pocos alimentos escogidos que me alcanzan en las dos manos y un brazo. Diez minutos más tarde, me dirijo a la fila para cancelar.
Cuento: seis personas antes que yo. Me abrumo, pero al mismo tiempo observo la pequeña mano de una niñita que tenía chocolates y me retiro discretamente del lugar para buscar uno de los mismos.
Cuando estoy frente a la estantería me fijo en la variedad de sabores y marcas existentes, pero tomo sin duda el de manjar, el mismo que sostenía la pequeña. Luego me pierdo en una sonrisa. Diez segundos, quince segundos y más. Me siento ruborizada.
Vuelvo a la caja y la fila avanza rápidamente. Él está ahí, a unos cuantos metros. Percibo que me observa insistentemente. No quiero salir de ese lugar.
Inevitablemente llego hasta donde la cajera que se apura, no sé por qué. Por lo general en la televisión las exponen como lentas y aburridas.
Miro hacia todos lados atolondrada, él aún está ahí, recién se dirige a una caja y yo ya no puedo disimular más mi fingido enredo con las bolsas de nylon.
Ahora le pido a la señorita que me cambie un billete de diez mil pesos por monedas de diez, de cincuenta, de cien, billetes de mil, de dos y de cinco. Ahí vea usted, pero que sea bien mezclado.
Me voy. No tengo nada más que esperar.
Los siguientes días serán perfectos.
jueves, 7 de junio de 2007
Mi primer cuento.
Hambre
Lo esperé durante diez minutos en la terraza del café, sola como siempre. Estaba nerviosa y me agotaba disimular ese estado tanto rato.
Saqué una manzana verde de mi bolso y le di unos mordiscos rápidos y violentos, disimulando mi ansiedad.
Por fin, o no, lo vi acercarse y sentí un leve dolor en mi estómago. Los diez segundos hasta antes de que estuviera frente a mí fueron eternos, y no pude cumplir ese repentino y extraño deseo de arrancar súbitamente.
Cuando llegó a mi mesa ya era tarde, me preguntó qué deseaba y todavía no lo había decidido.

